BE SURE TO WEAR FLOWERS ON YOUR HAIR

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No deja de resultar fascinante cómo muchas de las canciones que se han convertido en himnos históricos se compusieron en tiempo récord. Es como si la eternidad a la que están destinadas fuera inversamente proporcional a los minutos que necesitaron sus versos y su melodía en ser creados. Inmediatez versus eternidad, qué paradoja espacio-temporal… Dice la leyenda (y él mismo lo ha corroborado en varias ocasiones) que John Phillips tardó menos de 20 minutos en escribir ‘San Francisco (Be Sure to Wear Flowers on Your Hair’, el himno del movimiento hippie de finales de los años 60′.

 

«If you’re going to San Francisco/ Be sure to wear some flowers in your hair/ If you’re going to san Francisco/ You’re gonna meet some gentle people therefor…», empezaban los versos de una canción que se convirtió en la banda sonora del Verano del Amor, en 1967, y en cuya lírica miles de personas encontraron el significado, la fuerza y la motivación que necesitaban a finales de la década de los sesenta, un tiempo sombrío dominado por la atroz guerra de Vietnam que hizo que millones de personas en todo el planeta se replantearan los valores que hacían girar el mundo desde que finalizara la II Guerra Mundial.

 

‘San Francisco’ tiene una lírica sencilla pero tremendamente evocadora y visual. La suma de los versos que escribió John Phillips –de The Mamas & The Papas– y la interpretación que de ellos hace Scott McKenzie. Desde la primera línea es imposible no imaginarse a esa gente amable de esa ciudad gentil que inspiró a Phillips las poéticas imágenes de gente en movimiento con tocados de flores. «There’s a whole generation/ With a new explanation/ People in motion/ People in motion…», seguía otra estrofa. Y era en estas palabras donde residía la clave de que esta canción se convirtiera en un tema llamado a alcanzar la eternidad: supo capturar la urgente necesidad de cambio y movimiento, y el nacimiento de una nueva generación.

 

Esa nueva generación con urgente necesidad de cambio y movimiento fue la protagonista del Verano del Amor (la concentración hippie en San Francisco que reunió en 1967 a cientos de miles de personas); fue el público del Festival Pop de Monterey (el primer festival al aire libre de la historia del rock, al que acudieron 200.000 personas que llegaron de todo el mundo); fue el motor de la revolución checa de 1968, la poéticamente llamada Primavera de Praga y donde se elevó a un nuevo nivel la canción de John Phillips: al de himno de libertad; y fue la de los primeros hippies que llegaron a Ibiza.

 

Si dibujáramos sobre un mapamundi pequeñas coronas de flores sobre las ciudades que cambiaron el latir del mundo a finales de los 60′ habría que poner especial esmero en San Francisco, por supuesto, y también en Londres, Ámsterdam, India, Nepal e Ibiza. San Francisco fue la cuna del movimiento, el epicentro, el motor. Londres y Ámsterdam eran cosmopolitas y bohemias. La India y Nepal representaban el máximo misticismo. E Ibiza era la mezcla pluscuamperfecta de todos ellos. Un clima paradisiaco, una naturaleza indómita e hipnótica, un sol que brillaba con una fuerza y esplendor que incitaban a rendirle culto, una energía tan especial que se tornaba en magia… Y unos habitantes ávidos de nuevas sensaciones que recibieron con el mismo amor que los otros traían a los que llamaron cariñosamente ‘peluts’ y que se establecieron en bellas casas payesas llenas de historia y en las playas de Atlantis y Punta Galera…

 

E hilvanando cada pedazo de historia y uniendo todas esas coronas de flores –¡Flower Power! ¡Sí!– que podrían dibujar poéticamente una parte fundamental de la historia reciente, los versos de John Phillips. Para siempre. Y, ¿hay algo más emocionante para un compositor que haber conseguido semejante hazaña?

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