NICO LA VOX

nicoNico: la voz

 

Todos los viajes deberían tener una banda sonora. Canciones con los que recordar para siempre los días que se pasaron en aquel lugar, determinados momentos, preciosos instantes. Paseos por calles, sonrisas en silencio, promesas de no olvidar nunca lo que se contempla desde la ventana del hotel al levantarse cada mañana. Esas bandas sonoras puede ser premeditadas o accidentales; pueden elaborarse con paciencia y mimo antes de emprender el viaje, ser recopiladas en listas de reproducción o ser grabadas en cassette por las dos caras y con un título escrito a mano, con rotulador negro y trazos desiguales. También pueden elaborarse de manera accidental, a base de canciones que suenan de manera inesperada a lo largo del viaje; el tema que pincha un DJ en el cierre del club al que se consagra la noche más hedonista del viaje, los versos que recita un artista callejero, el álbum que suena de principio a fin en una tienda en la que se pasan horas disfrutando de las compras sin importar cuánto se muevan las agujas el reloj.

 

Con Nueva York esa banda sonora se hace aún más necesaria. Es una ciudad tan cinematográfica que uno siente que sus pasos, sus visitas, llevan adosada música. Los paseos por Manhattan, el camino que lo conecta con Brooklyn, las cenas tardías en Chelsea, los cafés en el SoHo y las compras en el Village. Los desayunos en Balthazar, las meriendas en Magnolia, las comidas en Peter Luger, las cenas en Momofuku, los bailes en Space y las tortitas con batido post-baile en PJ Clarks. Para hilvanar todos esos lugares y dibujar su recorrido en un mapa. Ay, preciosa nostalgia, otra vez. No hay nada como las canciones de Lou Reed y Nico. Todos los integrantes de la Factory, aquel prodigioso espacio con sus propias leyes de espacio y tiempo, situado en la quinta planta del número 231 de la calle 47 Este en Midtown, Manhattan, son la quintaesencia de Nueva York pero Nico y Lou Reed son los que escribieron y recitaron los versos más auténticos de su ciudad.

 

New York se llama el álbum número 15 de Lou Reed (grabado en 1988 y publicado en 1989) y está considerado universalmente (y no se trata de una figura hiperbólica, es la absoluta realidad) uno de sus mejores discos. Los que mejor conocen su carrera aseguran que los versos que componen las catorce canciones de New York  son de los más perfectos, complejos, trabajados y evocadores de su discografía. En las líneas que Reed escribió para el libreto que lo acompaña, insta al oyente a enfrentarse a los 57 minutos que dura como si se tratara de una película o de un libro: sentado, concentrado, dedicado a él. Por esas catorce canciones pasan la Virgen María, Buddha, Myke Thyson, Rudy Giuliani, Jimi Hendrix, Bernard Goetz. Llevan títulos como Romeo Had Juliette, Halloween Parade, Beginning of a Great Adventure. Y eso es lo que es: una gran aventura contada en un precioso diálogo entre un hombre y dos guitarras. Rock n’ roll, Nueva York, poesía. ¿Qué podría ser mejor?

 

Y Nico, la preciosa y maldita (preciosamente maldita) Christa. Con una historia tan triste que es imposible encontrar una sola foto en la que sus ojos sonrían. La musa de Warhol, de los Rolling Stones, la voz de la Velvet Underground, de Lou Reed, de Ibiza, donde Nico encontró su pequeño paraíso y donde falleció en 1988 tras sufrir un accidente de bicicleta. Círculos sobre círculos, vidas que se solapan, arte eterno. Los miembros de la Velvet nunca quisieron que Nico fuera parte de su banda, por mucho que Andy Warhol insistiera. A Lou Reed siempre le irritaba cuánto tiempo empleaba Nico en hacer su ritual antes de salir al escenario y que siempre era el mismo: encender una vela y dejar que se consumiera hasta el último centímetro de cera. Pero Nico se convirtió en la voz de la Velvet, en su chelsea girl. Ella le puso voz a himnos como Femme Fatale, I’ll be your Mirror y All Tomorrow’s Parties. En todas estaba la esencia de aquellos días de arte, drogas, hedonismo, música y arte. En todas estaba Nueva York. Y seguro que la mañana de domingo en la que Lou Reed
murió en alguna parte sonó Sunday Morning cantada con la rasposa y dulce voz de Nico.

 

Calles de Nueva York, en cualquier estación. Amaneceres, atardeceres, mediodías y medianoches. Todas deberían tener esta banda sonora. Y ser recordadas en la memoria en riguroso (y cinematográfico) blanco y negro. Todos los viajes deberían tener una banda sonora.

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